puzzles para niños JASMíN Y ALADDíN - Aladdin y Jasmín

   JASMINE

 

JASMINE

 

 

El cuento

 

¿Pensáis que dentro de las lámparas puede haber genios que conceden deseos a los humanos? Pues algunas personas lo creen, quizá porque les han llegado noticias de un suceso ocurrido hace mucho, muchísimo tiempo. Nosotros hemos podido enterarnos de todo lo que pasó entonces. Ésta es la historia: empieza en el desierto de un lejano país oriental.

Un jinete con un loro al hombro, estaba inmóvil sobre la duna, esperando. Era Yafar, el consejero del Sultán. Su espera duró poco. Un hombre gordo y con un aspecto de bandido llegó montando un caballo blanco.

 

-¿Traes la mitad del escarabajo, Gazim?- preguntó Yafar al recién llegado.

-Aquí está -dijo Gazim.

-¡Estupendo! Veamos...

Yafar sacó de sus ropas la mitad de un medallón con forma de escarabajo y la unió a la de Gazim.

-¡Encajan! -gritó.

Como si tuviera vida, el medallón echó a volar.

-¡Sigámosle! -dijo Yafar.

Poco después, el escarabajo se paró en una duna, y allí, mientras sonaba un trueno espantoso, apareció una enorme cabeza de tigre. Su boca era la entrada a una cueva.

-¡Bravo! ¡Entra, Gazim! -Exclamó Yafar-. ¡Pero no cojas ningún tesoro hasta que no me hayas traido la lámpra! Gazim obedeció. Entonces se oyó una voz horrible: "Aquí sólo puede entrar quien tenga el valor de un diamante en bruto". Y la cabeza de tigre desapareció.

-Nos quedamos sin lámpara -comentó el loro temblando.

-Tranquilo, Yago -dijo Yafar-. Gazim no era la persona adecuada. Seguiré buscando.

A la mañana siguiente, en Agrabah, la capital del reino, un muchacho y un monito saltaban de azotea en azotea, mientras la guardia del Sultán les seguia corriendo por las calles.

-¡Ya vale, Abú! -dijo Aladdín (que así se llamaba el joven) al mono-. Les hemos despistado una vez más.

Y, riendo, se dispuso a comer un pan con su amiguito.

Aladdin era huerfano. Se había criado en la calle sin nada, pero había sobrevivido sin hacer daño a nadie..., salvo algún que otro robo de un pan, como el que entonces comían. Pero era bueno y generoso.

Mientras tanto, en el palacio real, el Sultán trataba de convencer a su hija Jasmin para que se casara.

-¡Es horrible! -le decía Jasmín a su amigo el tigre Rajá-. ¡No quiero al príncipe Achmed! ¡Y no me casaré con un hombre al que no amo! ¡Antes de eso me escaparé del palacio!

Y Yafar, ¿había olvidado sus planes para hacerse con la lámpara? ¡Claro que no! Precisamente, ayudado por su bastón con forma de cobra, estaba hipnotizando al Sultán para que le diera su diamante mágico. Yafar era hechicero, uno de los más malvados de todos los tiempos. Pero más que la magia le gustaba el poder. ¡Y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para conseguirlo, pues no se conformaba con ser el consejero del Sultán!

Por un pasadizo secreto llegó hasta su laboratorio.

-Este diamante me permitirá conocer al que puede entrar en la cueva de la cabeza de tigre, Yago - dijo Yafar al loro-. Y a partir de este momento, la lámpara maravillosa será mía, ¡mía para siempre!

Mientras tanto , Jasmín había saltado la tapia del palacio y se paseaba por el mercado de Agrabah. Vio a un niño con cara de hambre y le dio una manzana.

¡Eh! -gritó el vendedor, un tipo bastante bruto-. ¡Págame enseguida!

-No..., no tengo dinero -contestó Jasmin muy asustada.

Menos mal que en ese momento apareció Aladdín. Cogió a la muchacha de la mano y echó a correr hasta llegar a su azotea favorita.

-Aquí estarás a salvo -dijo Aladdín-. ¿Cómo te llamas?

-Jasmín -contestó ella. Y le contó que se había escapado de su casa porque querían obligarla a casarse.

-¡Pero eso es terrible! -dijo Aladdín.

La joven comprendió que su salvador era alguien en quien podía confiar, y se quedó con él en su azotea hablándole de mil cosas distintas.

Aladdín la escuchaba como embobado. Y es que Jasmín no sólo era muy hermosa y simpática, sino que sus gestos y su sonrisa eran encantadores.

En el laboratorio del palacio el diamante mágico le estaba enseñando a Yafar la persona capaz de entrar en la cueva maravillosa.

-¡Vaya, vaya! -exclamó Yafar-. ¡Así que es este mozalbete con cara de tonto!

Pero no; no es verdad que Aladdín tuviera cara de tonto. Lo que pasaba es que, sin darse cuenta, se estaba enamorando de Jasmín.

En el crital de un gran reloj de arena, Yafar no sólo había visto a Aladdín, sino también el lugar donde estaba. Así que pudo ordenar:

 -¡Guardias! ¡Traedme enseguida a ese estúpido!

La agradable conversación entre los dos jóvenes acabó bruscamente cuando los guardias aparecieron en la terraza y prendieron a Aladdín.

-Qué es esto? -gritó Jasmín-. ¡Este chico me ha salvado! ¡Soltadle inmediatamente! ¡Os lo mando!

-Tenemos órdenes de Yafar, princesa -dijo un guardia.

 

¡Princesa! Aladdín se sorprendió muchísimo al oírlo. Poco después, ya en la mazmorra, le decía a Abú, el monito:

-Una princesa...Nunca podré casarme con ella...

De repente, apareció allí un viejo mendigo y le dijo:

-No estés triste, Aladdín. Yo puedo hacerte muy rico. Por una puerta secreta les sacó de la prisión y les llevó al desierto. Allí, en la boca de una enorme cabeza de tigre, se abría una cueva.

-Ahí dentro -dijo el mendigo, que era Yafar disfrazado- hay tesoros inmensos. Todo eso será tuyo, pero no toques nada hastqa darme una lámpara que encontrarás.

¡Ni en sujeños podría haber imaginado Aladdín tesoros como aquéllos! Montañas de monedas de oro, miles de rubíes, esmeraldas, diamantes, zafiros, perlas... Sin tocar nada, y con la ayuda de una alfombra mágica, el muchacho encontró la lámpara. Y ya volvía con ella, cuando Abú no pudo resitir la tentación de coger una joya. ¡En ese mismo instante ocurrió algo espantoso! Sonó un horrible trueno, la cueva tembló y un río de lava llenó las salas de los tesoros.

Aladdín y Abú tuvieron e tiempo justo de subirse a la alfombra mágica y, gracias a eso, no se abrasaron.

Llegaron a la entrada. La pared se estaba cayendo. Era casi imposible salir.

-¡Ayúdanos, buen hombre!

-¡Primero, dame la lámpara! -contestó el viejo mendigo (o sea, Yafar).

Alargó el brazo y se la arrancó de las manos. Luego, sacó un puñal, y el muy malvado ya iba a herir con él a Aladdín cuando Abú saltó y le mordió en el brazo. Yafar dió un grito de dolor, soltó el puñal y huyó.

-Gracias, Abú -dijo Aladdin-, pero estamos perdidos. No podemos salir y Yafar se ha llevado la lámpara; ya no le interesamos así que no vendrá a buscarnos.

Abú, entonces, alargó una mano a Aladdín, y en ella estaba...

-¡La lámpara! Se la quitaste cuando le mordiste. ¿Y por qué querría ese tipo una lámpara como ésta, normal y corriente? Fijate, Abú. Es bastante vieja y hasta está sucia.

El joven frotó un poco para limpiarla y entonces pasó algo muy raro: la lámpara se puso brillante y de su interior empezó a salir un humo de muchos colores hasta formar una gran nube. ¡Y la nube se convirtió en un ser gigantesco con forma humana! ¡Y hablaba!

-¡Uh! Ya tenía ganas de estirarme un poco después de tantos años ahí dentro.

-¿Quién..., quién eres tú? -preguntó Aladdín

-El genio de la lámpara, por supuesto. ¿Qué otra cosa podría ser?

-Pero yo no creo en genios.

-Pues ya va siendo hora de que empieces a creer, mozalbete; ¡perdón! quise decir mi amo.

-Si eres un verdadero genio, ¿podrías sacarnos de aquí?

-¡Naturalmente! -contestó el genio sonriendo.

Y un segundo después estaban todos, Aladdín, el genio, Abú y hasta la alfombra mágica, fuera de la cueva y a la sombra de unas palmeras.

-Los genios de los cuentos conceden deseos -dijo Aladdín-. ¿Tú también?

-Puedo concederte tres deseos -contestó el genio -. Pídeme lo que quieras y obedeceré.

Aladdín se acordó de Jasmín. -¡Ya lo sé! ¡Quiero ser un principe! -dijo.

Entretanto, en palacio, Jasmín buscaba a Yafar.

-¡Deja libre ahora mismo a Aladdín! -le dijo cuando lo encontró.

-Es imposible. Ya ha sido ejecutado -mintió Yafar.

-¡Cuando sea reina me pagarás esto! -exclamó Yasmín, y se marchó indignada.

-¡Hum! Esta chica puede ser un problema para mí, Yago -dijo Yafar.

-No, si te casas con ella -contestó el loro.

-¡Qué idea! -Exclamó Yafar.

En este momento se oyeron trompetas y tambores. Un cortejo avanzaba hacia palacio: soldados, pajes, sirvientes...¿Qué era todo aquello?

-Mi señor, el príncipe Alí Ababua quiere hablar con el sultán -dijo un cortesano a los guardias de la puerta.

¡Y allí estaba el príncipe, lujosamente vestido sobre una alfombra mágica!

Pero...¡Sí! ¡Alí Ababua era en realidad Aladdín! ¡Claro! El genio habia concedido el deseo. El séquito, los trajes, las joyas... todo era obra del genio.

Aladdín llegó hasta el trono.

-Majestad, vengo a pedir la mano de vuestra hija -dijo.

-¡Encantado! -contestó el Sultán, muy contento de tener por yerno a un príncipe tan poderoso.

Aquella noche se celebró un banquete, y después de la cena Aladdín invitó a la princesa a dar un paseo en la alfombra mágica. Y entonces se dio cuenta Jasmín de quien era realmente Alí Ababua. Al despedirse de él le dijo:

-Adiós, príncipe... Aladdín.

Y él le dio un beso.

Pero alguien espiaba a los dos enamorados: ¡Yafar!

-No voy a dejar que ese memo estropee mis planes -le dijo a Yago.

Y un poco después, los guardias caían sobre Aladdín, lo ataban y ponían en sus pies una cadena terminada en una gruesa bola de hierro macizo.

Yafar ordenó tirarle así al mar desde lo alto de un acantilado, y el muchacho se hundió como un trozo de plomo.

¿Acababan aquí sus aventuras? No, porque al llegar al fondo, el turbante se cayó a un lado. ¡Y allí estaba la lámpara guardada! Con gran esfuerzo, Aladdín consiguió soltarse una mano y frotó la lámpara. En el acto apareció el genio.

-Puedo equivocarme -dijo-, pero me parece que quieres qeu te saque de aqui.

Casi asfixiado, Aladdín movió la cabeza afirmativamente.

A la mañana siguiente, el Sultán llamó a su hija.

-Jasmín - le dijo- he decidido que te cases con Yafar.

-¡Pero, padre, qué disparate! -contestó ella-, ¡Si estoy prometida! ¡No entiendo qué te pasa!

Entonces se oyó una voz a su espalda.

-Yo te lo explicaré. Tu padre está hipnotizado. ¡Era Aladdín salvado por el genio!

Al verse descubierto, Yafar huyó, pero tuvo tiempo de ver la lámpara entre las ropas de Aladdín. Ya en su laboratorio habló con Yago.

-¡Así que el principe Alí y Aladdín son la misma persona! Bien. Tengo un encargo para ti. Aquella noche Yago robó la lámpara de Aladdín. Yafar la frotó y apareció el genio.

-¡Ahora soy yo tu amo! -gritó.

-No me gusta nada el cambio -contestó el genio.

-Este es mi primer deseo: ¡quiero ser Sultán!

Un poco después, y desde el gran balcón de palacio, el Sultán comunicaba a su pueblo:

-¡Mi hija ha elegido como marido al príncipe Alí!

-¡Bravo! ¡Bien! ¡Viva! -contestaba la gente.

Pero en ese momento las ropas del Sultán volaron de su cuerpo y se colocaron en el de Yafar. El genio cumplía su deseo.

-¡Ahora soy yo el Sultán -gritó el malvado.

-¡Nunca nos inclinaremos ante ti! -dijo Aladdín.

-¿Conque no, eh? -Yafar estaba furioso-. ¡Eso lo veremos! Genio, quiero ser el hechicero más poderoso del mundo.

-Concedido -dijo el genio.

Entonces Yafar movió las manos y Aladdín voló por los aires hasta una torre. Luego, la torre saló disparada como un cohete a toda velocidad.

-¡Buen viaje, tonto! -gritó Yafar-. ¡Hasta nunca!

La torre no paró hasta aterrizar violentamente en el polo. En medio de la nieve, Aladín se preguntaba: "¿Qué será de mí? ¿Podré volver a mi país?"

La respuesta se la dio Abú, que aparecio con la alfombra mágica. El monito había viajado también en la torre.

-¡Bravo! -gritó su dueño-. ¡Estamos salvados! La alfombra nos llevará a casa.

Pero, ¡qué diferente era todo ya en Agrabah, y especialmente en el palacio real! Vestido de bufón, el Sultán colgaba de dos cuerdas como una marioneta, y Jasmín encadenada se veía obligada a servir a Yafar.

-¡Más vino exclava! -ordenaba éste.

¿Y para eso quería el antiguo consejero el poder que tanto había buscado? Pues sí, y eso demuestra lo que ya sabemos: que era un tipo perverso. Y estaba preparando leyes injustas, cuando alguien llegó a la sala del trono montado en una alfombra mágica. Era Aladdín, y en su mano había una espada.

-¡Tú! -exclamó Yafar in poder creer lo que veía-. ¿Otra vez tú, maldito vagabundo? ¿Es que no voy a conseguir librarme de ti jamás?

Aladdín alargó la espada hacia él y muy sereno, le dijo:

-Soy yo el que va a librar a la humanidad de tu presencia, Yafar. Esta vez pagarás todos tus crímenes.

La serenidad de Aladdín y sus palabras asustaron a Yafar. Haciendo uso de su magia, se rodeó de un muro de llamas. Esperaba así defenderse hasta que se le ocurriera algún truco para derrotar al valiente joven. Este le gritó:

-¡Lucha como los hombres y no te escondas como una serpiente!

-¿Serpiente? -dijo Yafar-. ¡Me has dado una idea!

Y de transformó en cobra. ¡Y qué cobra! Era realmente inmensa, y sus enormes colmillos venenosos buscaban continuamente a Aladdín con las peores intenciones, aunque el muchacho muy ágil, conseguía esquivar los ataques.

-¡No escaparás, bribón! -dijo Yafar-. ¡Soy demasiado poderoso y no podrás evitar que te destruya!

-Hay alguien que tiene más poder que tú -dijo Aladdín.

-¡Imposible! ¿Quién?

-El genio -contestó Aladdín, a qien se le había ocurrido una idea genial.

-¡Es verdad! - exclamó Yafar.

Y los anillos del largo cuerpo de la cobra rodearon la lámpara, de forma que las escamas la frotaron. Como es natural, inmediatamente apareció el humo, luego la gran nube, y en seguida el genio.

-¿Qué mandas, mi amo? -preguntó este dirigiéndose a la serpiente, o sea, a Yafar.

-Genio, mi tercer deseo consiste precisamente...¡en ser genio! -contestó Yafar.

-La verdad es que no me hace ninguna gracia concederte deseos, pero no me queda otro remedio.

Un segundo después, la cobra se convertía en un genio gigantesco.

-¡Fijaos en mí! -exclamó Yafar-. En poco tiempo he sido Sultán, el mayor hechicero y ahora genio. ¡Nadie ha tenido nunca tanto poder como yo!

Y habría seguido presumiendo si no  fuera porque notó algo raro en su cuerpo. Miró hacia abajo y se horrorizó.

-¡No! ¡Noooo! -gritó.

¿Qué ocurría? Aladdín había acercado la lámpara, y Yafar se disolvía dentro poco a poco. Normal. ¿Acaso no es la lámpara la casa de un genio?

-¡Nooo! -gritó una vez más.

Y desapareció.

-¡Se acabaron las maldades de Yafar! -dijo Aladdín.

Y todos aplaudieron.

El primer genio se acercó al joven y le dijo:

-Gracias a ti soy libre y ahora podre viajar y conocer mundo, que es lo que me gusta.

Jasmín y Aladdín se casaron y vivieron siempre enamorados y felices. A la muerte del Sultán reinaron muchos años en Agrabah, y sus súbditos les quisieron porque gobernaron con justicia y sabiduria.

Aladdín no volvió a usar la lámpara. Se sabe que la escondió. ¿Dónde? ¡Ah!, eso nadie ha podido averiguarlo.

¡Pero en algún sitio tendrá que estar!

¿Os gustaría encontrarla?

Si os animáis a buscarla, recordad que sólo podrá hacerse con ella quien tenga el valor de un diamante en bruto.

 

                                                                                                    FIN

 

 








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